Llevaba mucho rato sentada en el balcón cuando la lluvia comenzó a caer con fuerza llevándose todo lo que encontraba a su paso. La taza de té se enfriaba al mismo ritmo que la temperatura que minutos antes de la tormenta había sido asfixiante y agotadora. No pensaba en nada, nada sentía. Ni siquiera las gotas que mojaban el suelo, la mesa, el teclado de su portátil, su mano inerte y vacía, su cara, sus ojos.
Seguía en la misma postura cuando dejó de llover y un rayo tímido y débil se abrió paso entre los negros nubarrones. Y seguía igual rato después cuando el sol hacía brillar el día después de la tormenta.
El cielo limpio, el suelo seco. La taza de té intacta. Los ojos anegados. El alma helada.
Una vez más la lluvia le ganaba a su llanto. Un llanto que pese a todo, no limpiaba nada. Una gotas caídas que no desbordaban a pesar de la tormenta que llevaba dentro.
Quizás porque no era solo una tormenta de verano.
Quizás porque no era solo una tormenta de verano.
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