Era nuestra primera nochevieja juntos y ambos deseábamos que fuera especial ya no solo por ser la primera, sino porque esa noche marcaría el inicio de una nueva etapa en nuestras vidas.
Durante los días anteriores, nos dedicamos a planear esa noche sin descuidar el más mínimo detalle. Que si una cena romántica en un restaurante coqueto, que si un concierto de jazz, que si un paseo abrazados a la orilla del mar, que si...
Pero las ganas de pasar juntos por primera vez esa noche tan especial, echaba por tierra cualquier plan porque lo único que de verdad queríamos era estar juntos. Al final decidimos vestir nuestras mejores galas y bajar a cenar al restaurante del hotel. Fue una cena perfecta. El ambiente relajado y tranquilo se prestaba para una conversación agradable mientras la cena transcurría entre mimos, confidencias y anécdotas del pasado. Pero a pesar de lo mucho que disfrutamos ese momento, la piel estaba ávida de besos y caricias como si urgiera sellar un pacto irrompible con el inicio del nuevo año.
Pero había una cosa que yo echaba en falta y era poder hacer el amor a la luz de las velas. Me encantan las velas perfumadas pero no hay una sola habitación de hotel donde se pueda encender una vela sin que se acabe disparando el detector de humos y por supuesto, no era ese el plan.
Cuando se lo dije, días antes de nuestro encuentro, me contestó que no me preocupara, que él se encargaría de todo.Grande fue mi sorpresa cuando vi que había llevado unas horrorosas velas eléctricas. No pude evitar reirme, igual que me río ahora al recordarlo, pero una vez que estuvieron cargadas y distribuídas estratégicamente por la habitación, me olvidé que no eran aquellas velas perfumadas que tanto me gustan.
El movimiento de las llamas de la chimenea me han retrotraído a esa nochevieja en las que la pasión no nos dejó acabar las uvas y el amanecer llegó iluminado con el suave parpadeo de unas velas eléctricas.
Como cada nochevieja, las velas perfumadas que tanto me gustan se guardan en un cajón, pero mi habitación se ilumina al resplandor de unas velas eléctricas en homenaje a nuestra primera nochevieja juntos.
Han pasado 45 años. Y nunca olvidaré nuestra primera y también única nochevieja juntos.
