lunes, 9 de enero de 2012

Hormigueos sin sensibilidad

Llevaba tiempo sin escribir más que unas pocas frases desordenadas y desnudas que vomitaba sin pensar demasiado en lo que quería decir. Y poesía. Siempre poesía. Pero tenía mucho que decir y sentía cómo las palabras hormigueaban impacientes por enlazarse unas a otras dando sentido a todo aquello que había en su interior, pero cada vez que lo intentaba, pasaba lo mismo. Una y otra vez, las letras se agolpaban en la punta de los dedos tiñéndolos de un azul tan intenso que solo atinaba a dejar unos oscuros y desangelados manchones en la impoluta hoja blanca.
Lo intentó una vez y otra y otra. Usó bolígrafos y teclados, su móvil, un pincel manchado de verde y hasta una barra de labios que no volvió a usar desde esa mágica Nochevieja que ese año cayó en noviembre. Para escribir usó papel blanco y  un billete de avión demasiado arrugado como para presentarse a volar con él, un par de entradas de cine y la tarjeta de un restaurante al que nunca volvió por esas copas que quedaron sin beber. Escribió en su mano, en la pared de enfrente y en la arena que el mar se empeñaba en tapar. Escribió, escribió y escribió. Pero nada de lo que decía sirvió, así que dejó de escribir.
Sigue teniendo mucho que decir y las palabras siguen hormigueando impacientes por salir. Pero comprendió que algunas cosas no se arreglan con palabras, ni con hechos, ni con promesas, ni con amor. Y ella ya lo había intentado todo, así que desistió.

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